ANDANDO EL VIEJO BARRIO
Casa familiar. Calle Santa Gertrudis.
Nada más
entrar en La Plaza Mayor me llegan los olores de las morcillas del Manso y el
chasquido de las pipas que devorábamos en aquellas sentadas eternas en las
escaleras de la plaza, convertidas entonces en lugar de tertulia y encuentros
antes de que llegara la hora de ir a Casa de Andrés, el “marica”, donde se
reunía la flor y grana de Cáceres, la progresía hippie y contestataria de una
ciudad que estaba empezando a despertarse de un letargo de siglos.
De allí, mis pasos me llevan por la calle de los vinos. Ya no existe ninguno
de los bares donde íbamos a escuchar música en las máquinas, como el mítico bar Amador, y a tomar una caña o un
calimocho compartido. En Cisne Negro
(la barra tenía forma de U) nos ponían hasta tres pinchos por consumición. El señor
Pedro (más conocido como Pedro Peloto),
su dueño, era un tipo original, bonachón y panzudo, siempre con la bayeta al
hombro dentro de la barra mientras servía a la clientela y ofrecía, venciendo a
la censura y evitando multas, productos prohibidos por sanidad. Así forrando el
titanlux verde de las paredes
aparecían los carteles de Los que volaban
(pajaritos fritos) Los que reptaban
(lagarto rebozado) y Las que saltaban (ancas de rana). Sonrío
recordando aquel cuchitril y con ese regusto a fritanga retenido en mi
pituitaria, llego a la Plaza de la Concepción, La Conce, reconvertida ahora en una zona de moda para tomar las
tapas del mediodía o tardear. Los bares
han perdido su sabor añejo y su nombre. Ya no podemos comer pelotitas en salsa
en el bar Jaype, cuya receta ancestral jamás conseguimos oír de los labios
de la cocinera, por mucho que le rogáramos que nos dijera cuál era el
ingrediente secreto que le daba aquel sabor, ni tampoco podremos degustar la
ensaladilla en el Rialto o los mejillones del Roji.
Enfilo
ahora la calle Barrionuevo (antigua José Antonio) con sus casas señoriales abiertas
a la calle vestidas de mármoles y maderas nobles que daban cuenta de que los
que allí habitaban no eran gentes del pueblo llano. Ahora muchas de estas casas
duermen el sueño eterno bajo el epígrafe de se
vende instalado en sus vetustas fachadas, mientras que otras, han sido
restauradas y convertidas en apartamentos turísticos.
Ya nada queda de aquellos bares de nombres
insinuantes como bar La Viña, bar La Parra, bar El Racimo o bar La Uva… donde paraban a pasar la tarde jubilados de
chatos y partida de cartas y algún que otro soldado que apuraba los últimos
minutos antes de que tocaran retreta y tuvieran que salir corriendo hasta el
Cuartel Infanta Isabel, donde la Patria les aguardaba.
Y en este transcurrir de sensaciones y
sentires afloran ahora los más cercanos al corazón. Al dejar atrás la última
fachada de la calle Barrionuevo, me detengo en aquel cruce de calles y plazuelas
donde se yergue mi antigua escuela, El
Perejil. Oigo, en mis recuerdos, niñas cantando en el patio mientras saltan
a la comba: Al pasar la barca me dijo el
barquero…Al cocherito leré…Dónde
vas Alfonso XII, donde vas triste de ti…Y, entre ese murmullo, giro a la
izquierda y me enfrento a mi casa familiar. La silueta de mi madre asomada al
balcón viendo pasar a la gente con sus trajes de feria camino de la plaza de
toros en días grandes de Corrida. Olor a Madera
de Oriente y a jabón casero y una niña con babi a cuadritos verdes y blancos
llegando de la escuela. Subo la cuesta
de Santa Gertrudis y voy recordando el nombre de los vecinos que la habitaban:
la señora Isabel y el señor Mateo, la señora Pepa, el señor Félix, el de la
barbería de la esquina, la señora julia y el señor Felipe, dueños de la tienda
de ultramarinos en la esquina opuesta a la barbería. El señor Pedro, el
churrero, que a su vez tocaba el saxo en la banda municipal, llamada por la
chiquillería “la banda de los gorriatos”. Más arriba los talleres Muriel y en frente, las monjitas de San José que hacían
caridad con los niños huérfanos a los que atendían con mucho amor y pocos
medios. Al final de la calle, el Arandel, donde se jugaba duro todos los días
al terminar la escuela.
Me dirijo
hacia la Plaza de Italia por la calle Nueva. Al comienzo de la calle reconozco
la casa, ya abandonada, que siempre asocié a olores de cena. Era pasar por allí
a una determinada hora de la tarde noche y empezar a salivar con aquel regusto
a tortilla de patatas recién hecha, a pimientos fritos, a costillas en adobo, a
tomate, a huevos con chorizo… Detengo mi ensoñación culinaria y me doy cuenta
de la soledad que ahora habitan sus paredes. Olor a humedad colándose por las
ventanas, fachada despostillada y cenicienta… y pienso dónde se habrán cobijado
las almas que aquí moraban. Subo la cuesta cabizbaja. Ya nada de lo que va
surgiendo a mi alrededor me llama la atención, voy ensimismada en un único
pensamiento del que no soy capaz de desasirme: la muerte deja tras de sí un
mundo hecho de olvidos, húmedo y desvencijado, como la casa de los olores de mi
infancia.
He llegado
ya al Paseo de Cánovas y en mi cabeza empieza a resonar con fuerza una vieja
melodía de arrabal
Barrio, barrio/ que tenés el alma inquieta/
de un gorrión sentimental/ viejo, barrio, perdona si al evocarte se me pianta
un lagrimón/que al rodar en tu empedrao /es un beso prolongao/ que te da mi
corazón.
María J.
Llanos



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