EN UNA VILLA DE CÁCERES por V. Perales
En una villa de Extremadura, de la cual su nombre en mi memoria fielmente guardo, no ha mucho que vivía un reducido grupo de almas eruditas, siendo más damas que caballeros. Dedicados estaban a la creación de pequeñas narraciones, poesías y otras labores del ingenio literario. Seres estos, desprovistos de academia y mentor pero llenos de fervor, sin otro ágora para sus encuentros que por el amparo de una dama hermosa, de nombre Flor, en su honroso albergue dos veces por mes, que no doce por año, acogía bajo su techo a estos nómadas de la escritura. No siendo esto hospedería, taberna ni venta en paraje olvidado, la señora ofrecía café a todo el que llegara y, si alguno de éstos traía consigo viandas dulces, salobres o de otra suerte, a la mesa de la anfitriona se agregaban para deleite comunal, mientras uno tras otro daban voz a lo que, entre soledad, anhelo y pluma en ristre, sobre el pergamino se desvanecía. Y de esta manera, tras el periodo de reposo del mediodía y hasta ...