CALENDARIO

 





CALENDARIO


La savia retenida, por el frío no habitual para la época, asciende por el tronco de la morera y se distribuye por su fronda explotando en tiernas hojas de un verde nuevo. El tilo ni se inmuta y sigue en su letargo con una singular cachaza. La altura de los cipreses saludan al sol naciente y hacia el oeste proyectan sus sombras paralelas sobre un césped recién calado.

Avanza la primavera y el tilo expande su dulce perfume, se presta dócil y espera a la abeja ávida por libar. Un grupo de acacias, con sus flores de seda, forman un fresco pasillo a través del cual el olor se hace intenso. Sólo una rama ajada, tumbada por el viento, nos dice algo del temporal, porque una inocente lluvia cae sobre árboles y plantas enhiestos con una quietud sospechosa. El sol, en su ocaso, se camufla tras una malla de nubes poco densas que no te impiden mirarlo cara a cara, se vislumbra su círculo rojo y alguien se arrellana para inmortalizarlo, hay gente pendiente de los atardeceres y que colecciona matices de ese acto harto repetido. Ese sol de antes ya es un mero recuerdo cuando aparecen las sombras del crepúsculo; entre ellas un mirlo aprovecha en la cuneta y ensarta con su pico a una lombriz que se retuerce en un afán inútil por zafarse de la pinza mortal, emprende un pequeño vuelo del suelo a lo alto de una roca y allí, desde esa atalaya, la suelta del pico y se dispone a devorarla.

Con los calores el avellano va abriendo sus frutos, algunos caen al suelo rodando sueltos y otros envueltos en su caparazón. Más adelante las granadas penden herméticas de sus ramas y ante el sol persistente y demorado buscan la lluvia deseada. El olivo también tiene sed y ofrece su mermada aceituna mirando al cielo, ese cielo que se apiada al fin y de golpe impera el agua, pero también el viento que hace una criba enorme en el follaje existente. Miro atónito como resisten esas flores de la buganvilla, que creía sutiles, y siguen inmarcesibles ante el destrozo. Antes de su desnudez las hojas pecioladas del tilo se apelmazan por la humedad y forman una bandera tricolor: verde, marrón y amarillo. Su fin está cerca y se retiran como un ejército abatido para, una vez más, esperar de nuevo la flor blanca amarillenta y fragante que invite a la abeja en su trajinar.

José A. García Feria.




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