EL VIAJE
Huele a mar, a embarcadero,
a pescados en la orilla, malográndose.
Marineros avezados, curtidos de cicatrices
deambulan perdidos por la dársena,
buscando el barco, el barco firme.
La mar en calma, como siempre,
brillante como un espejo
entona cantos de lamento
y todos saben cuál es el suyo
por un singular pálpito en su corazón;
dirigen su mirada a la vela,
muestra ineludible de destreza náutica
y entonces rebuscan en su bolsillo las monedas.
Mas les vale estar dispuestos,
preparados para la singladura.
Algunos hablan con el capitán
¡oh capitán, mi capitán!
pero este no oye, se ausenta,
no está ahí para eso.
Un buen trabajo, eterno.
La única regla, no mirar la cara del pasajero,
pues se va derrotando en el viaje.
Ángel R.G.
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