PRÁCTICA NECESARIA
Postrado y tranquilo, en una cama con sábanas blancas y mullida almohada, reposa mi cuerpo blanco. Ojos despiertos y pensativos. Observo alrededor a varios directos, con rostros difuminados, sin que sus movimientos alteren mi espíritu o los identifiquen y sin embargo, una médico acude rauda a mi lado, cada vez que alguno de mis fantasmas acompañantes se lo requieren, o yo, en mi imaginación premonitoria lo demando. Aplica su oído o algún dedo de su mano fina y elegante a mi pecho, o a la garganta, a veces extiende el tubo del fonendoscopio y pega la campana a mi pecho. Se que estoy próximo del salto al vacío y aunque por simple deducción, jamás he considerado el quedarme eternamente en mi cuerpo, estoy tranquilo e interrogante. Me digo que yazco sano, sin dolor ni malformación o decrepitud, como si costase decidir cuál será la razón de mi muerte y tan solo se esperase la abrupta, por enigmática, parada del corazón. Ahora cuerdo y despierto, deshago el teatro soñado, alivio esas premoniciones y alejo esos advientos. Si alguien sabe de esas circunstancias, por decencia y honradez debería decírmelo, más que nada por deshacer ese peso que cargará sobre su conciencia. El tiempo que pase acostado y alerta es inmedible, como casi todo, es fruto de nuestra limitada percepción mental, siempre sujeta a nuestro ánimo. Sin pretenderlo, desperté y así ahora describo con pasión auto redentora, esos detalles de mi seguro final.
Ángel R.G.
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