EL   HACHA


   En el periódico andábamos todos abrumados por las palabras que días antes, nos habían dirigido Néstor y Gracián, gerente y administrador de la empresa que editaba "Clarín"  diario de información general. En cuarenta años de historia, los altibajos habían sido continuos, unos cuántos periodistas habían saltado a otros medios de comunicación, sin duda, los que tenían la pluma más ágil o sabían dotar a su escritura de la viveza o el enigma que interesaba a los lectores. A los que aún resistíamos allí, las palabras que pronunciaron nuestros jefes el pasado martes, nos dejaron sobrecogidos y alarmados:

   -"La situación financiera es tan grave, que si no conseguimos superar este bache dentro de un mes Clarín cerrará y todos nos iremos a casita, con nuestros perros y gatos, sin nada que darles".

    Manolo Luna, calvo, rechoncho y siempre sudoroso, aumentó desde ese día su nivel de transpiración y su gordura, se mostraba irascible unas veces y sin embargo otras, nos abrazaba, nos aconsejaba y animaba:

   - "Busca una nueva historia, investiga y llena páginas de imaginación y anzuelos. Atrapa al lector". Me decía.

   Yo había pasado por diferentes secciones en el periódico. Empecé como redactor de eventos sin importancia, conciertos, exposiciones, presentaciones de libros... después pasé a deportes, pero a decir verdad, la actividad física nunca fue mi fuerte, por constitución corporal y por interés metafísico, así que pase a engrosar las filas de los periodistas de actualidad política, social o económica y aunque aquella actividad llegó a interesarme, por la repercusión sobre la vida de la gente, también confirmó mi discreto, casi escondido presentimiento, de que los seres humanos estamos hechos de enigmas y que normalmente, sobresalen más los malvados que los que buscan la honradez y la justicia. En cuanto pude, tras meses de intentos, conseguí convencer a Manuel de separar "Sucesos" de "Actualidad" y desde hace unos años, soy el máximo responsable y el único componente de esa sección. He de decir que algo orgulloso si estoy, he recibido felicitaciones por muchos artículos, incluso me he convertido a veces, en reportero de diarios nacionales, cuando la noticia o el suceso gozaban de la repercusión suficiente; solían ser episodios espeluznantes, con componentes sangrientos, sexualmente depravados, o que afectaban a personas que tuvieran algún tipo de gancho; los casos de la mujer ahorcada, el anciano lapidado, o  la desaparición y posterior hallazgo, semienterrados y vejados de los dos niños, hijos de una familia de turistas extranjeros. Fueron casos que hicieron subir la cotización del periódico.

    Para un medio de comunicación, la normalidad o el sosiego social no son nada convenientes, podría decirse que en la sociedad ideal no habría periódicos o al menos, bastaría con una relación de acontecimientos lúdicos y alegres, que procurasen la felicidad general y digo esto porque ayer de madrugada, frente a un vaso de ginebra Larios, mi amigo Pedro, compañero habitual de bebidas espirituosas y conversaciones metafísicas, que casi siempre van unidas, me contó cómo en su pueblo, un viejo apareció con un hacha incrustado en medio de la frente. Esta revelación de mi amigo provocó en mi mente, una imagen de ojos separados por culata de hacha y ya, durante toda la noche, no sé si debido a la espiritualidad de la bebida o a la pretendida sagacidad de periodista, no pude despegarme de esa imagen, o agarrarme a ese clavo ardiente en el que basar tal vez, mis últimas páginas en un periódico moribundo.               

    Quizás no esté bien decirlo, pero he salido esta mañana en mi viejísimo Seat, todavía con restos de confusión y somnolencia, hacia Madrigal de la Torre. Por el camino he parado dos veces y me ha ayudado de tres cafés. El último tramo de carretera, con el asfalto casi desaparecido en muchas zonas, ha sido ha sido una auténtica prueba de fuego, los baches y charcos que abundan en los cinco km. hasta el pueblo, harían desistir al más intrépido aventurero, pero yo no tengo más salida que ir hacia adelante, con un último cartucho. 

   En contra de lo narrado por mi amigo Pedro, que describía su pueblo como lleno de vida, de gente y con bares en la plaza, aquí estoy plantado junto a mi Seat, en medio de esa misma plaza sin un signo de vida; 10 casas semiderruidas, dos cerradas sin cristales en las ventanas y las verjas arrancadas, lo que debió ser el ayuntamiento, solo identificado por las sílabas CA y CONSIS en un trocito de pared encalada, curiosamente la torre de la Iglesia parece firme, aunque la campana ha desaparecido. Cinco calles salen o terminan en la plaza, justo el mismo número de farolas, ancladas en las paredes más saneadas. Una tremenda decepción me embarga y el casi convencimiento, de que aquí no hay noticia. Me adentro en una de esas calles y el panorama es desolador, casi todos los arboles crecidos y salvajes, ayudan a desplomarse a paredes y techos, casas arrasadas y los hierbajos inundando todos los rincones. Con un esfuerzo de imaginación, podría figurarme un pueblo vivaz, gente hablando en la puerta de su casa, a chiquillos jugando a la pelota o a la comba, pero hoy no es así. Todo es destrucción, como si por una, o varias razones, todos los habitantes del pueblo se hubieran marchado y ninguno de ellos hubiera vuelto, aún por vacaciones, para recordar sus ancestros o reclamar sus propiedades. Todo está desierto. Recorro una calle, dos, tres, en la cuarta la sensación es igualmente desoladora, al terminar la hilera de casas derrumbadas, veo una construcción ya fuera del pueblo, con chimenea y una gran higuera al lado., mi corazón empieza a latir con más fuerza y encamino mis pasos hacia ella. No se si mis sentidos me engañan  pero mi olfato nota humo de hoguera, de chimenea y parece que algo sale por la bocacha del tubo que se eleva desde el tejado, al acercarme más, oigo los ladridos de un perro y mi ansiedad aumenta. Nunca me han atraído los perros, temo sus dientes casi de una manera obsesivo.  A veces imagino una revuelta perruna mundial y la posterior conquista del mundo por la raza canina. La puerta está cerrada y una silla pequeña de esparto sostiene un botijo de arcilla roja, dos botas de campo descansan junto a la pared encalada.

   -¡ Hola, hola!  ¿Hay alguien? digo en voz alta.

    Tampoco alrededor hay nadie,  tan solo un pequeño huerto, con algunas plantas alineadas que no distingo y varias otras, altas y llenas de habas. Todo parece indicar que vive alguien aquí. Quizás tenga suerte y encuentre mi historia, me digo. Doy un breve paseo alrededor y encuentro un par de cabras pastando. Apenas levantan la cabeza para mirarme y después, ramonean un brote verde y amarillo, parecen más preocupadas por su alimentación que por el inusual visitante. Vuelvo a la casa y todo sigue igual, tan solo hecho de menos los ladridos. Me siento en el pollo que está al lado de la puerta y calentado por el sol de la mañana. Cierro los ojos dispuesto a esperar al ausente habitante de la casa.  Creo que he dormido profundamente porque mis  ropas y mi cabeza están ardiendo. El sol en lo alto ya no discute su supremacía y yo sigo solo. No hay signos de vida humana ni animal alrededor. Llamo nuevamente a la puerta e intentó empujarla un poco, cede y sigo empujándola, una silla parece que entorpece su apertura y yo con suavidad la aparto:

   - ¡Hola, Buenos días! Repito.

    Extrañamente la claridad de afuera no penetra en la sala, tan solo las grietas de las dos ventanas proyectan unos haces de luz que chocan con las paredes y los muebles, acostumbro mis ojos a la oscuridad y veo una mesa central con un plato a medio llenar, un trozo de pan y una pequeña jarra, hay una mecedora frente a la chimenea llena de madera quemada, al fondo una sencilla cama con ropas esparcidas por encima,  me acerco a una cómoda con una pequeña fotografía en blanco y negro, es una pareja de jóvenes, ella con un ramo de flores, descansa su mano en el hombro de él, sentado y vestido con un traje de pana negra, ambos están serios, la cojo entre mis manos y oigo un pequeño ruido a mi espalda, en medio de la puerta, la silueta de un hombre con una boina y una camisa blanca está plantado frente a mí, de uno de sus brazos cuelga un hacha que brilla por el sol exterior. Los ojos del hombre parecen fosforescencias azules, muy abiertos y fijos.

   - ¡Buenos días, disculp...!  interrumpo mi saludo, porque el hombre, sin hablar nada se acerca,  levanta su brazo hachado  y asesta  a la mesa y al plato que está encima de ella, un golpe tan firme, que su filo se incrusta en el tablero, tanto que le impide retirar el hacha. Yo quedo petrificado. No sé cuántos segundos permanezco así, pero mientras el hombre intenta despegar el hacha de la mesa, me repongo y alcanzó la puerta sin mirar atrás, corro tanto que alcanzó la calle en un santiamén, estoy seguro de que el hombre con su hacha me persigue, a poca distancia, casi pegado a mi cuerpo. Llegó jadeante a la plaza y entro en él Seat, con manos temblorosas busco las llaves y las introduzco en el arranque, cuando siento un estruendo en el techo, el filo del hacha atraviesa el metal y sobresale a pocos centímetros de mi cabeza. Fiel a su maldita costumbre,  el Seat se niega a arrancar y mientras yo lo intento una y otra vez, veo el filo reluciente atravesar por dos veces más el techo de mi coche. Al fin el motor se pone en marcha y yo acelero todo lo que puedo.  Salgo de aquel pueblo, como alma que lleva el diablo con esta historia y un hacha clavada en el techo de mi adorado Seat.

Ángel Rodríguez García

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