En el camino
Su peso me abruma,
aplasta mis resistencias.
En las mañanas claras de invierno,
en los días grises del otoño,
la implacable pasajera,
la hermana siniestra y cariñosa,
me abraza y me sostiene,
como en una ebriedad pulsátil,
me fustiga y me cura,
entrenando en los pedregosos caminos
a los pies, acostumbrados a las durezas,
a las rigideces sentimentales,
de esta inútil y absurda existencia.

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