MI ESPAÑA VACIADA

         



                                         MI ESPAÑA VACÍA

Aquella luz mortecina que daba la amarillenta bombilla incandescente, sujeta sobre el muro, a la salida del pueblo, era el límite a la oscuridad que comenzaba en un camino de tierra pedregoso lleno de baches y que me llevaba hasta mi casa. Los dos kilómetros de distancia se aliviaban en las noches de luna llena, y en su ausencia una linterna remediaba algún que otro tropezón.

De día ese mismo camino lo recorría Aniceto con su coche de caballos para llevar y traer viajeros a la estación del tren. El señor Andrés, con su burro y un carro, retiraba mercancías para llevarlas a los comercios del pueblo. Al de Rosario Santana me llevaba mi madre y disfrutaba frente aquel mostrador variopinto de comestibles. En lo textil, como buen comerciante, Luís Gutiérrez se ofrecía solícito a nuestra necesidad.

Por lo demás allá vivíamos apartados un grupo de seis viviendas habitadas dependientes todas del ferrocarril. Mucho antes de llegar a la estación estaba la casa de Manuel Benítez, donde los trenes enfilaban un pequeño ascenso rodeados de un cañaveral. Después la de Antonio Carrasco y junto a esta la casa, con cantina hacia el andén, de Marina y José. No muy distante se erigía el edificio de la estación y yo vivía arriba. Cruzando las vías, enfrente de un muelle de carga y descarga, vivía Julio Cobos y Francisco, el capataz, estas dos casas estaban rodeadas por hermosos jardines bien cuidados. Mis amigos eran Pepín, el de la cantina, y Mari Juli, la nieta de Cobos, con trencitas y pecosa. Todo el campo que nos rodeaba era nuestro escenario de juegos, saltar una pared de piedras y entrar en un sembrado

de garbanzos, de habas, de trigo y… difuminarnos.

En las noches de verano, al fresco, solíamos escuchar una radio a pilas alumbrados por una luz de carburo, los mayores escuchaban en el parte las faenas de “El Cordobés” en la plaza de toros de turno y por supuesto eran comentadas a nuestro vecino Manuel Benítez, si se encontraba por allí, y él daba unos pases al aire con todo el garbo del que disponía y llevarse un aplauso de la concurrencia.

Cuando volví por allí, pasados muchos años, sólo quedaba en pie el edificio de la estación, remodelado y cerrado, nada que ver con el de mi niñez, era uno más de los apeaderos existentes en la red ferroviaria. Me costó ubicarme y situar en el espacio las casas desaparecidas, ¿dónde estuvo exactamente la cantina con aquella plancha de madera abatible

para descubrir la barra de cara al andén? Imposible de centrar, aquellas medidas no cuadraban con mis recuerdos. Hasta que por fin descubrí algo que reconocí en el suelo, en principio era lo único que había resistido el paso del tiempo, el resto de un conjunto de piedras redondeadas que en su día formaron un empedrado, un guijo rectangular de la anchura de la barra de aquella cantina, donde el cliente pisaba desde el exterior en su consumición. Entonces sí me salió la forma alargada y completa del edificio. En el vacío y con la imagen de esas piedras pude construir un pasado. Construido el pasado miraba alrededor y contemplaba el vacío.


José A. García Feria

 

 

 

 

 

 

 


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