LA TIERRA QUE SE VACÍA por V. Perales



La tierra que se vacía
De tierra seca y de poca agua, aquel pueblo al que llegué que por no tener no tenía ni letrero anunciando que población era, vivía de los recuerdos de Machado, Góngora y Quevedo, las tres únicas calles que mantenían sus nombres.
Sin agua, sin río, sin gente, diría incluso, qué sin emociones, tenía en lo alto del único cerro, un leve resquicio de algún castillo medieval que nunca fue conquistado ni tuvo oportunidad de conquistar. Sólo el castillo, sólo sus habitantes.
¡No sé dónde fui a parar!.
El coche se quedó sin gasolina y yo también, en mitad de la estepa castellana, en mitad de la siesta.
Nadie, nadie en las calles y un ensordecido silencio salía de las pocas casas que formaban la calle más larga del pueblo. ¿Dónde estarán sus habitantes?
A lo lejos veo un señor mayor que llega de la era oliendo a campo, lleno de heno, de silencio y cansancio. Es el único habitante que después de un largo rato caminando veo en el pueblo. Es un pueblo vacío. Nadie lo habita, no hay niños, no hay novios besándose, no hay cura ni maestro, sólo algunos viejos, cansados, llenos de tiempo y olvido esperando en la puerta de sus casas, esperando el fresco de la noche.
Casas vacías. Ese silencio que rompe la era y las piedras de la iglesia, yo, de él, necesito llenarme. Algún chillido de un cerdo llegará, algún llanto o risa de niño tiene que sonar, algún soldado de una guerra perdida seguro que aparece, alguna lluvia debe caer, alguna higuera va a brotar, alguna sonrisa, algún vino, algún cementerio...
Este pueblo no huele a viejo, tampoco a niño ni se predice boda alguna en los próximos meses. Está triste por qué está vacío y nadie lo va a llenar.
Ni Machado, ni Góngora ni Quevedo pueden ya con esta soledad.

V. Perales

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