MI PUEBLO
MI PUEBLO
Sentado en una de las escasas sillas que tenía, en una pequeña habitación rodeada de sombras, que hacía las veces de comedor, cocina y dormitorio al mismo tiempo, Martín contemplaba el caer de la tarde, gris y cenicienta, desde su ventana. Una llovizna suave y pertinente, mezclada con la tierra y la nieve, ya derretida y pisoteada, contribuía a dar a las aceras un aspecto negro y sucio, junto con el resto de nieve que se acumulaba a ambos lados de la calle, para que pudieran pasar los coches.
Llevaba ya cerca de un año en Suiza y no terminaba de acostumbrarse ni a la climatología, tan diferente a la de su pueblo de nacimiento, en España,ni al carácter de su gente, tan educados y distantes, ni a sus formas de vida,ni a sus maneras de buscar diversión, ni a sus modos de pensar, ni a sus costumbres alimenticias, ni… Martín podía seguir así hasta el infinito, porque hoy era uno de esos días “malos” en los que la añoranza y la
tristeza, le devoraban.¡Cuánto añoraba y echaba de menos su pequeño pueblo, durante todo el tiempo que permanecía lejos de él!!!. Su recuerdo, hacía crujir sus entretelas y le producía intensas emociones. Evocaba con tristeza los últimos meses vividos en su tierra. En su afanosa búsqueda de empleo, se había convencido de la imposibilidad de encontrarlo en España, cerca o lejos de su pueblo, pero en España, y por tanto, no tuvo más remedio que, como tantos otros, buscarse un futuro lejos de su hogar y de todo lo que más quería. Su pueblo, debido a la emigración masiva, se estaba despoblando. Poco a poco fueron desapareciendo los servicios básicos como la educación, la atención médica, las oficinas del banco. La agricultura y la ganadería, principales fuentes de recursos, no le interesaban ya ni a él, ni a todos los jóvenes en general que habían dedicado años a estudiar y formarse, que contaban con mayores conocimientos. A nadie le interesaba deslomarse en los campos de trigo donde sus padres y sus abuelos se habían dejado la piel. En su pueblo ya no tenía futuro. Cada vez más abandonado por la mayoría de sus habitantes, ya no se oía el rum rum de los niños, ni el tañer de las campanas, ni el ruido de los bolindres o los balones, junto con la algarabía de los muchachos en la plaza. Ya no se celebraban verbenas en las fiestas de la patrona, ni los jóvenes se robaban besos a la luz de la luna. Su pueblo agonizaba y necesitaba nueva sabia, nuevos vecinos que lo cuidasen y lo defendiesen y no sólo la población anciana que era quien residía mayoritariamente en el mismo.
Decía Rilke que la verdadera patria de un hombre es su infancia. Y…vaya si tenía razón!. El lugar donde uno nace y reside, no es solamente un lugar. Es un conjunto de olores, historia, tradiciones, gentes, costumbres y recuerdos, donde las prisas no son bienvenidas. Son recuerdos de aprender a montar en bicicleta por sus calles, residir con vecinos considerados como la propia familia, Es el lugar al que regresar para huir de los miedos.
Martín oyó el zumbido del móvil pero no le prestó atención y lo ignoró. Sabía que sus compatriotas le esperaban para la cerveza vespertina. Pero la tristeza es mala compañía, se dijo, y levantándose de su observatorio, se preparó una copa y se tumbó en el sofá, confiando en el efecto adormecedor que siempre le producía el alcohol y que le permitía olvidar sus, cada vez más frecuentes, momentos de ensoñación.

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